Retomamos sesiones
Pasó mucho tiempo desde la última
vez que tuvimos una sesión.
Hubo excusas, silencios,
mentiras, todo lo que hacer pudo para evitar afrontar una situación que ya era
insostenible.
Debo recordar que Ella, no era
una mujer golpeada, maltratada físicamente sino psicológicamente.
Fue manipulada desde el principio
de su relación, y aun en este momento, no podía ponerle fin a algo que
claramente le hacía mal.
El día que retomamos, era un día
particularmente triste. Comenzaba el otoño y esta vez se sintió realmente como
tal, nublado, por momentos lluvioso, fresco.
Luego de días primaverales y
soleados que levantaban el ánimo, llegó el clima que propicia todo lo contrario
y lo transforma en sombrío.
Su rostro estaba pálido, se veía
ojerosa.
No hablamos demasiado del tiempo
que pasó sin que tuviese noticias suyas.
Evité ahondar en eso, porque se
veía que realmente no había mejorado nada, por el contrario, todo parecía
haberse agravado más.
Lo único que me adelantó es que
estaba muy cansada y que sentía que se había resignado, que había bajado los
brazos, que no tenía más ganas de luchar.
No había dormido casi en toda la noche,
según me dijo después.
Estuvo descompuesta, fue al baño
a la madrugada y su marido se levantó enojado porque Ella lo había despertado.
Primero parecía preocupado porque ella no regresaba y luego directamente se
levantó él también visiblemente molesto por no haber podido dormir, cuando ella
siempre intentaba y lo lograba con maestría, no hacer ningún tipo de ruido para
evitar que esto suceda.
Luego de ese episodio, Ella no
pudo dormir más, volvieron a su mente todos esos años, recordó paso a paso como
había sido manipulada hasta llegar a ese instante en el cual despertó y se dio
cuenta de sentirse en una especie de jaula de la cual le resultaba muy difícil
salir.
Pensaba en que en los últimos
tiempos, a pesar de ser él una persona que le demostraba mucho amor, y le decía
siempre cosas lindas, por otra parte, parecía cobrarse aquello bueno que hacía,
con terribles arranques de furia, o reproches.
Y lo peor es que ya ni sus
lágrimas de tristeza por estar en extremo sensible, parecían conmoverlo. Ya
nada parecía importarle, apenas se daba cuenta de si algo a ella la conmovía o
no.
Muchas veces durante todos estos
años Ella había intentado terminar con esa relación, pero nunca lo pudo lograr.
Parecía una trampa perfecta.
Algo que hubiese sido
cuidadosamente preparado como para atrapar a una presa e inmovilizarla, para
que esta nunca jamás pudiera huir, para que quedara allí, primero luchando por
salir y luego ya resignada a su destino de estar inmovilizada y sin poder tomar
ningún otro camino.
Le costaba hablar, incluso
parecía costarle pensar, discernir aquello que era verdadero de aquello que
había sido una creación de su pareja para mantenerla a su lado, mentira tras
mentira.
Estaba enojada consigo misma,
indignada, no entendía como había llegado a eso.
Se trataba nada menos que de su
vida y muchas veces sentía que la había desperdiciado o malgastado.
Ella sabía que había permitido
que eso sucediera. No era ajena a su responsabilidad, dado que las parejas
siempre comparten la culpa de sus conflictos y errores.
Entendía perfectamente que había
dejado que eso sucediera, por motivos que hasta podrían justificarlo todo.
Pero por eso, también pensaba que
debía afrontar eso, tomar el toro por las astas, como se dice vulgarmente y
avanzar de alguna manera.
No necesariamente la solución era
la separación, pero sí poner límites, plantar banderas, decidir por sí misma,
no dejar que el otro haga lo que quiera.
Al finalizar la sesión, Ella se
fue un poco, tal vez un poco, más aliviada, como si hubiera descargado algo de
su mochila, y quizá, podía animarse a un pequeño pero significativo cambio que
la haga más feliz.

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